Generando un espacio de reflexión sobre la necesidad de superar las diferencias y afianzar la amistad social
El 17 de junio, Monseñor Andrés Stanovnik disertó sobre la urgencia del diálogo, en una jornada organizada por la Comisión de Justicia y Paz de la Arquidiócesis. Más de 150 personas, entre las que se encontraban los principales referentes políticos de Corrientes, escucharon durante 40 minutos la disertación del Pastor de Corrientes, procurando generar un espacio de reflexión sobre la necesidad de superar las diferencias y afianzar la amistad social en la Provincia, en el marco de las actuales situaciones sociales.
(Resumen del texto de la conferencia)
En las jornadas decisivas, que vivimos en el País y en nuestra Provincia, asistimos a frecuentes llamados a la reflexión, que apelan a la racionalidad, a la responsabilidad institucional, al sentido común y al diálogo entre los diversos sectores.
Somos nosotros, con nuestras fortalezas y debilidades, los que debemos hacernos cargo de nuestra historia, convencernos de que la solución está en nuestras manos y que no perdemos la esperanza de saber utilizarlas guiadas por la razón, por la verdad y por una conciencia recta, en el marco que nos dan la ley y las instituciones de la República (…) situarnos y a actuar con serenidad, prudencia y eficacia, en medio de la tensión social que estamos viviendo.
La tarea política no es competencia inmediata de la Iglesia, nos recordó el papa Benedicto XVI en Aparecida. En cambio, los laicos católicos deben ser conscientes de su responsabilidad en la vida pública; deben estar presentes en la formación de los consensos necesarios y en la oposición contra las injusticias.
1. El diálogo: único camino de solución al conflicto
El único camino que corresponde a la dignidad del ser humano para resolver sus conflictos es el diálogo. El diálogo es propio de la naturaleza racional del hombre y pertenece a su profunda dimensión religiosa. Quienes entienden que la convivencia humana progresa mediante el conflicto y con esa premisa buscan promoverlo, se equivocan gravemente.
Si se siembra conflicto y se fomenta la confrontación, no se podrán cosechar frutos de armonía y de amistad social. Con la misma lógica afirmamos, que el diálogo engendra diálogo, sin desconocer que para transitarlo se requiere de grandes esfuerzos y renuncias, una vida disciplinada y responsable, tanto en la vida privada como pública.
La ruptura del diálogo es pues una falta contra la razón, un acto irracional y por consiguiente inhumano. Tal vez, tengamos que reconocer, con dolor, que en nuestras familias y en nuestras instituciones hay poco diálogo y que muchas veces está ausente.
“Es preciso que tomemos conciencia –se dijo en la reciente reunión de la Comisión Permanente del Episcopado– de que situaciones como ésta que vivimos nos menoscaban como comunidad, nos aíslan del mundo y en definitiva perjudican especialmente a los más pobres.
Es más, este conflicto ha puesto de manifiesto falencias profundas de nuestra vida republicana. La persistencia misma del conflicto y la aparente imposibilidad de resolverlo constituyen un signo de debilidad institucional; son una prueba del escaso aprecio que, como sociedad, otorgamos a la importancia y dignidad de la acción política como el ámbito propio para la superación de las diferencias y el afianzamiento de la amistad social”.
1.1 La autoridad: primera responsable de promover el diálogo
La crisis que estamos atravesando puede convertirse en una extraordinaria oportunidad, quién sabe inédita, por cierto muy exigente, para que nuestra dirigencia, en esta hora altamente política que estamos viviendo, se muestre atenta, decidida y eficiente en acordar acciones que favorezcan al bien común de todos los ciudadanos.
El autoritarismo es la negación del diálogo y es, en consecuencia, la instalación de un modo irracional e inhumano de ejercer el poder. El autoritarismo es un mal que seduce fácilmente y provoca alucinaciones haciendo ver que se puede llegar a ser todopoderoso a corto plazo.
1. 2 Dios: origen y fundamento del diálogo
La Biblia tiene páginas llenas de sabiduría sobre la belleza y miseria de la condición humana. En las primeras páginas del Génesis, se nos revelan los rasgos esenciales de la naturaleza dialogal del ser humano.
En el capítulo tercero, se describe el drama del hombre seducido por misterio del mal. Es la propuesta seductora que le hace el tentador, sugiriéndole que puede convertirse, por el camino corto y fácil en “autoridad absoluta” de sí mismo y de la creación: “serán como dioses” (Gen 3, 5). En este sutil engaño debemos buscar las raíces de nuestras conductas autoritarias, que nos aíslan de los demás y nos incapacitan para el diálogo familiar, social y político.
Sin embargo, Dios no abandonó a su criatura y mantuvo abierto el camino del diálogo con él. Dios nos mostró, mediante la entrega de su propio Hijo, que el camino del verdadero diálogo es darse a sí mismo, como él se entregó. El diálogo pertenece a la esencia íntima de Dios, es una obra suya, que marcó definitivamente a la criatura humana, hecha a su imagen y semejanza.
El diálogo es mucho más que palabras que se intercambian y temas que se tratan, son personas que se encuentran.
Nunca se debe perder de vista que el fin del diálogo siempre debe tender hacia un mayor encuentro y amistad entre los interlocutores.
1.3 El diálogo: preserva la paz social y la promueve
El diálogo no es un instrumento al que se recurre ocasionalmente. Debe constituir un estilo de vida en todos los ámbitos de nuestra convivencia social. (…) Cuando es amplio e inclusivo, abre la mente, sensibiliza los corazones y templa las voluntades hacia un proyecto común.
Por eso, debemos hacer todo el esfuerzo para instalarlo definitivamente como un instrumento ordinario de nuestra vida familiar, social y política.
La grandeza de un pueblo y de sus gobernantes se manifiesta en su capacidad de compasión y solidaridad con los más débiles.
La tarea propia del que conduce los destinos de un pueblo, en tiempos de gran tensión social, y de los organismos institucionales de gobierno que lo secundan en su tarea, es tener mente clara y ánimo sereno, para infundirlo en los demás ciudadanos.
Es el momento para dejar de lado, y ojalá renunciar para siempre, a la miserable ambición de capitalizar la crisis para fines electorales.
2. Conducta coherente y diálogo
2. 1 Las contradicciones entre lo que se es, se dice y se hace,nos dañan profundamente
En la experiencia de la persona creyente “no puede haber dos vidas paralelas: por una parte, la denominada vida «espiritual», con sus valores y exigencias; y por otra, la denominada vida «secular», es decir, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones sociales, del compromiso político y de la cultura (…) La separación entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerada como uno de los más graves errores de nuestra época” .
Si el ser humano se experimenta amado, protegido, respetado, estimulado desde los primeros años de su vida, entonces los valores de la libertad, del amor y otros, le serán familiares, le evocarán encuentros, y lo motivarán a esforzarse por conservarlos y transmitirlos a otros.
Mucho más, si esa persona es creyente, porque esos valores le recuerdan la presencia amiga de Dios; porque en la experiencia de esa amistad aprende a ser libre, a ser justo y verdadero, y a amar como ama él.
Un pueblo que vive en la mentira: su destino es hundirse en el infierno de sí mismo.
Se podría hacer una película con este título: “La lenta caída de un pueblo en su propio infierno” y mostrar las razones que lo llevaron a esa situación.
Un pueblo que se miente a sí mismo genera violencia y se acostumbra a vivir en una cultura de la muerte.
2. 2 La coherencia en la persona debe ser transversal o no existe
¿Se puede ser creyente y no estar integrado a la comunidad? Poder, se puede. La realidad nos muestra que es una situación bastante común. Veamos la cosa desde otra perspectiva. Preguntémonos si se puede ser argentino o correntino y no estar integrado a la sociedad.
Estaríamos ante una especie de “correntino no practicante”. Suena extraño, pero tal vez sea más común de lo que nos imaginamos. Por ejemplo, cuando no cumplimos con las leyes y normas ciudadanas, seguimos siendo argentinos pero no practicamos. En este caso, nos encontraríamos ante un ciudadano socialmente enfermo, disociado entre lo que dice ser y lo que en la práctica hace.
Un ciudadano en esas condiciones necesita atención urgente, una especie de terapia cívica intensiva. Por eso, después de la crisis del 2001, la Iglesia se empeña en cursos de ciudadanía para hacer tomar conciencia de que los argentinos y las argentinas tenemos que pasar de ser habitantes y convertirnos en ciudadanos, conscientes y responsables de nuestros derechos y obligaciones.
La persona es unidad y cualquier división en ella genera desconcierto y tensión. Esta disociación entre la actuación pública y privada, entre lo que se piensa y se dice, entre lo que se dice y luego se hace, se ha transformado en cultura, en un estilo de vida.
Dos constataciones de Navega mar adentro confirman lo que estamos diciendo: “Son evidentes las contradicciones entre lo que se dice y lo que se hace” (n. 22) y “La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo” (n. 24).
Insisto en la gravedad de este síntoma, porque el individuo que no tiene un horizonte integrador, inclusivo y solidario en su propia vida, ¿cómo podría integrarse a la comunidad? Más grave aún sería, si ese individuo tuviera responsabilidades sociales o políticas, ¿hacia dónde conduciría los destinos de su pueblo?
Václav Havel, el presidente de la República Checa, que gobernó la transición del sistema soviético hacia la democracia. Al asumir el gobierno dijo: “Estamos moralmente enfermos. Nociones tales como amor, amistad, compasión, humildad o perdón han perdido dimensión y profundidad.
Hoy nuestro peor enemigo está representado por nuestros propios defectos: la indiferencia por los asuntos de la comunidad, la vanidad, la ambición, el egoísmo, las pretensiones personales y la rivalidad. La batalla principal aún nos espera en este campo”. Esto vale también hoy para nosotros.
2. 3 Hay indicios que sostienen nuestra esperanza
El Diálogo Argentino, que fue convocado por el gobierno de la nación en enero de 2002, se manifestó como una experiencia apasionante en la que aparecieron las grandezas y miserias de nuestro país, han dicho quienes participaron en su desarrollo.
De aquellos tiempos difíciles podemos destacar las siguientes reflexiones acerca del diálogo, que fueron pronunciadas por el entonces presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, Mons. Estanislao Karlic
* El diálogo tiene su origen y su más alta expresión en la relación de Dios con el hombre. Este origen revela la naturaleza y manifiesta la dignidad del diálogo.
* El diálogo supone fundamentalmente la búsqueda solidaria de lo que es verdadero, bueno y justo para todo hombre” enseña Juan Pablo II.
* En el diálogo se ha de manifestar con honestidad el propio pensamiento, las propias intenciones, y escuchar atenta y respetuosamente los problemas y las razones de los otros.
* En el diálogo se ha de hablar con sabiduría y claridad, con mansedumbre, confianza y prudencia, con paciencia y perseverancia.
* Para cultivar este diálogo es preciso buscar sinceramente el bien común, formular con honestidad la propia proposición y escuchar atentamente la del prójimo.
* El triunfo del diálogo se da en el consenso desde la objetividad de la verdad y la honestidad de los fines, no desde el frío interés egoísta de las partes. El diálogo exige que cada uno acepte la diferencia y el carácter específico del otro, sin renunciar a lo que sabe que es verdadero y justo.
* El diálogo exige un cambio interior en las personas. Es preciso que nuestro corazón de piedra se transforme en un corazón de carne, un corazón humano, capaz de amar y servir.
3. Dos ejemplos: Manuel Belgrano y santo Tomás Moro
Antes de finalizar, deseo compartir dos textos que describen con trazos breves y precisos el espíritu de estos dos grandes hombres.
El año 1819, Manuel Belgrano tenía la orden de reprimir a los caudillos apenas empezaba la guerra civil. El 2 de abril de 1819 escribe estas líneas al gobierno central: “Es urgente concluir esta desastrosa guerra entre hermanos por cualquier modo.
Es muy importante que destaquemos la visión profundamente humana e integradora que tuvo Belgrano en momentos sumamente críticos.
Por otra parte, son conmovedoras las palabras que pronunció el Papa Juan Pablo II sobre Tomás Moro el día que lo nombró Patrono de los Políticos y Gobernantes: El Estadista inglés puso su actividad pública al servicio de la persona, especialmente si era débil o pobre; gestionó las controversias sociales con exquisito sentido de equidad; tuteló la familia y la defendió con gran empeño; promovió la educación integral de la juventud.
El profundo desprendimiento de honores y riquezas, la humildad serena y jovial, el equilibrado conocimiento de la naturaleza humana y de la vanidad del éxito, así como la seguridad de juicio basada en la fe, le dieron aquella confiada fortaleza interior que lo sostuvo en las adversidades y frente a la muerte. Tenemos una hermosa y difícil tarea de aprender a vivir juntos.
En la memoria correntina hay un signo providencial que ilumina el difícil camino del encuentro: la Santísima Cruz de los Milagros.
Este signo cambió la visión y el corazón a dos pueblos enfrentados.
El acontecimiento de la Cruz de los Milagros abrió el surco en el que cayó la semilla de un pueblo nuevo, que nació de la dolorosa y feliz experiencia de un encuentro.
¿No podríamos pensar ese acontecimiento como un verdadero “pentecostés correntino”? Esa marca de origen es también nuestra meta. Hoy nos toca a nosotros el gran desafío de construir ese encuentro doloroso y feliz a la vez, para cuya tarea reclama hombres y mujeres nuevos.
Nos encomendamos a la Pura y Limpia Concepción de Itatí, a ella, que nos cuidó por más de cuatro siglos.
Mons. Andrés Stanovnik
Arzobispo de Corrientes



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